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¡Ya está aquí, la hora ha llegado!

Y como todo llega, también lo hace, puntualmente, el fin del Quinto Sol

Se recrudece —y lo va a hacer mucho más— el pánico al Fin del Mundo, apenas a días del primer bemol de las trompetas apocalípticas. Los refugios y alquileres en las más altas cotas de casi todas las montañas, están a tope, inundados de gentes con posibles que se han preparado lo mejor que han sabido para soportar un posible cambio de polos, la solemne irrupción de Nibiru, una fulguración solar que nos catapulte a la Edad de Piedra y nos fría todos los equipos satelitales y eléctrico-electrónicos, una emisión desde el agujero negro situado en el centro de la galaxia de un rayo de alta energía que nos procure tres días sin consumo eléctrico (oscuridad) y unas temperaturas de noticia de última hora (glaciares), y hasta quién sabe si de la mismísima llegada de los dioses ancestrales.

Miles, millones de ciudadanos en todo el mundo se han estado preparando concienzudamente para este evento tan largamente anunciado por todas los profetas y las profecías responsables, sean olmecas, cristianas, de Sambhala, seudocientíficas, del I Ching y hasta de gurús de toda laya. Los hay que se han armado hasta los dientes, quienes han comprado y acondicionado refugios otrora nucleares, y quienes domésticamente han llegado hasta donde han podido, proveyéndose de píldoras potabilizadoras, alimentos a tutiplén, medicinas de todo tipo y ropas y herramientas para las eventualidades más extremas. 

Se han organizado multitudes en grupos de supervivencia, se han entrenado exhaustivamente para resistir lo más impensable y están listos y a punto, mirando ya con toda atención al cielo en espera de la orden Omega que les haga enterrarse en sus refugios y esperar a que los ángeles exterminadores hagan su tarea, limpiando el mundo de los malos, malísimos, y escobando hasta la última molécula de maldad. 

El frenesí no conoce fronteras. Desde los desiertos norteamericanos a las montañas de Europa y Asia, los creyentes se reúnen en torno a sus santones en espera de escuchar la trápala de los caballos del Fin. En Rusia, se han disparado los suicidios, en Europa se teme que los haya masivos de sectas y tal que pretendan dar un salto, cuántico o no, a las Pléyades o a Gamínides o a Orión o donde sea. Las noticias sobre estos asuntos apocalípticos han sido proscritas por la censura gubernamental y por los códigos deontocráticos de los diarios y telediarios para no extender la sicosis, YouTube está siendo controlada, se están atacando las páginas más peligrosas para evitar un efecto contagio, y los Cuerpos de Seguridad de los Estados, desde el FEMA a los de cada país (incluidas Policías) han sido puestos en Alerta Roja. 

Y con todo, los supermercados venden como locos, las empresas de equipamiento de supervivencia no dan abasto, y las gentes se preparan para un fin cantado o, en el peor de los casos, para vivir un fin de semana tipo deporte-aventura, porque el Fin del Mundo, por suerte, cae en viernes y luego tenemos un puentecillo de Navidad, de modo que entre el Fin del Mundo y el primer día laboral siguiente tenemos cuatro días capaces de convertir los tres días de oscuridad en solaz de camping extremo, y luego, podemos ir a trabajar como si tal cosa. 
El reloj camina imparable, no se detiene, y millones de personas miran al cielo sobrecogidos, tratando de prevenir por dónde llegará el primer embate. Desconfían de la NASA —¿quién podría confiar en un mentiroso?—, no dan crédito a sus gobiernos —¡como para confiar en ellos!— y miran por el rabillo del ojo a los medios, que saben que son propiedad de los grandes mentirosos que han producido el actual desmadre mundial, crisis incluidas. De alguna forma, los hay que han cifrado sus esperanzas en que todo comience el día D a la hora H exactamente, ni más ni menos, tal vez GTM o acaso horario de la costa oeste. 

Los mayas —en realidad, los olmecas—, decían en su calendario que ese día, el 21 de diciembre de este año, regresarían los dioses. El I Ching, le confesó a MacKenna que ese mismo día se acababa el tiempo. Los lamas de Sambhala, juran que a las seis en punto GTM, se acaba el cuento… al menos por unos meses, necesarios para regresar al Paleolítico. Looking Glass y Yelow Cube, advierten que la confluencia de todas las líneas temporales nos dejan sin salidas y que todas las realidades alternativas confluyen en una única y terrible. 

Los agrogramas de Wilton Windmill y aún los de golfo de Adén, nos recuerdan que la cuenta regresiva está llegando a cero y que las realidades supersimétricas se apoderan de la realidad, abriendo un túnel espacio-temporal que nos comunicará con universos paralelos (¿los de los dioses?). Los pleyadianos y otras razas de la Confederación Galáctica ya tienen listas sus supernaves cósmicas para comenzar la evacuación masiva. El sol bulle de radiaciones, amenazando satélites y generadores. El agujero negro del centro de la galaxia ya ruge en el ecuador a cuyo horizonte de eventos nos aproximamos. Y los dioses devoradores de corazones ya muestras las plumas de sus tocados y sus cuchillos de obsidiana por alguna esquina del calendario. El escenario, en fin, está listo. Y el Sexto Sol esperando. 

El tiempo se agota, sí, y por más que uno quiera hacer el amor, parece que no le va a dar para mucho, especialmente si es varón, porque ya se sabe que los varones no podemos darle mucho al dale-que-te-pego, porque necesitan altos o descansos que las hembras —cosas de la naturaleza— no precisan. Tampoco los bebedores harán un daño significativo a los productores de licor, y ni siquiera los que armen Fiestas del Fin del Mundo es probable que tengan demasiado tiempo para bailar tantos raps o tanto funky. 

El tiempo se extingue, digo, y apenas si queda espacio para el arrepentimiento, para la revisión y puesta a punto. La iluminación no les va a llegar a todos como si se pusieran bajo una ducha de luz, y los que salten a la cuarta, quinta o enésima dimensión, serán los elegidos, todos esos que sabían que la realidad la conformaba el deseo, la meditación y tal, aunque les saliera un poquitín churrigueresca y tengamos el asco de mundo que tenemos. 
Las horas corren desbocadas hacia su final, y cada vez queda menos arena en la ampolleta. Esto se acaba, señoras y señores, y sean los dioses del ayer los que regresen —¡como lo hagan con las mismas maneras, estamos listos!—, sean catástrofes cósmicas de origen solar, planetario o galáctico, o sean saltos evolutivos multidimensionales, más vale que se vayan despidiendo de su coche, de su hipoteca, de sus compañeros de trabajo o de sus parejas y amantes, porque estamos llegando a la estación términi. Dejen sus asuntos resueltos, póngase en paz, y esperen con la conciencia tranquila, porque ya queda poco. No importa que estén en lo alto de una sierra, en un catafalco a seis mil metros de profundidad o escondidos en lo más siniestro de una cueva del Pirineo, porque como es un Fin del Mundo, pues eso, como que le va a llegar a todo el mundo. Enterito y con todas sus esquinitas y agujeritos incluidos.

Los gobiernos también se han preparado a fondo, porque aunque no crean, creen, ¡vaya si creen! Se han montado miles de superrefugios gigantescos, superconfortables y con microsociedades seleccionadas, y cúpulas del Fin del Mundo, y Freezer Arks, y estaciones espaciales acondicionadas y todo un sinfín de recursos de ciencia-ficción, en los cuales han invertido todos los dineros sisados gracias a las crisis con que nos han timado todos estos años, y han acumulado en sus superbunkers todo el oro que no aparece ya ni en Fort Knox, ni en la Reserva Federal ni en los Bancos Centrales, y aun la inmensa mayoría de las obras de arte que pueden ver en museos y el mismo Vaticano fueron sustituidas por copias hace años y escondidos los originales bajo siete cerrojos y siete llaves en las entrañas de la Tierra. Nada es lo que parece. 

Y lo que es peor, cuando en unos días den el grito de retirada a los refugios y traten de salvarse los que siempre suelen tratar de hacerlo cuando un barco se hunde, es posible que como cortina de humo para enmascarar su retirada nos dejen fuera un entretenimiento como Dios manda, puede ser que del tipo de ataque con gases químicos o armas nucleares, ya se verá si en Siria, Irán o Corea del Norte —o en las tres—, de modo que terminen por entrar todas las potencias y se líe una de tal calibre que lo que menos le importe al personal sea el Fin del Mundo galáctico o el regreso de los dioses. Toda una maniobra de diversión… para los que tengan humor negro.

Así está la cosa, ¡qué le vamos a hacer! Los hay que creemos que no merece la pena sobrevivir a nadie, que no queremos sobrevivir a los nuestros, que no deseamos ser “el último hombre vivo”, y que, o todos, o ninguno. Y lo creemos pase lo que pase, o no pase nada. Sin embargo, es cierto lo de los extraterrestres, téngalo por seguro; pero es que nosotros somos los extraterrestres… o sus descendientes. No es preciso otear los cielos, sino que basta con buscar un espejo y mirarse. 
La histeria no resuelve nada, ni siquiera lo resuelve el que no haya histeria, sino que “aunque sea el día del Fin del Mundo, planta un árbol”. Lo que viene a querer decir, ni más ni menos, que debes trabajar por lo que es justo hasta el último segundo de tu vida, que tienes el deber de dejar un mundo mejor y más equilibrado que el que recibiste, porque se lo debes a tu hijo y al hijo de tu hijo. El mundo, tal vez lo comprendas ahora, es un préstamos de nuestros hijos, y debes reconocer que no lo hemos hecho especialmente bien, no tienes más que darte una vuelta y mirar. 

Mira, es posible que nos alcancen rayos cósmicos jodidillos o que nos bañen nubes galácticas con muy malas pulgas, que la tierra cambie de polos o que los mares se desborden (trayendo la playa a Madrid, por fin), que haya fulguraciones solares que nos achicharren y nos remitan a la Edad de Piedra y tengamos que volver a empezar de cero, que vengan alienígenas feroces o que nada más que el tiempo se acabe y nos vayamos todos a dar un garbeo a la nada. Si esto último fuera lo que llegara a pasar, no temas, de algo hay que morirse: sólo procura estar en paz contigo mismo y tener coraje. Pero si fuera cualquiera de las otras cosas, ¿de veras te parece que podrían hacerlo peor o ser más crueles los alienígenas que, por ejemplo, tu gobierno o el mío?... ¿A que no?... 

En cualquier caso, y por desalmados que fueran, no mentirían como estos lo hacen, no matarían con el silenciador del desempleo, no nos manipularían con la enseñanza o nos esclavizarían privatizando la salud o convirtiendo a la justicia en cosa de ricos, ni nos pondrían impuestos para pagar sus trampas o nos mentirían en los programas electorales, ni, seguramente, pondrían idiotas profundos al frente de los ministerios que quiera que sea que tuvieran. Vamos, que en el peor de los casos estaríamos mejor. Y en cuanto a eso de los zombis y tal, que sería lo que pasaría entre los supervivientes de una supuesta hecatombe planetaria, no te hagas mucho problema, porque igual lo vamos a tener si no pasa nada el próximo día 21, porque ya hay demasiada rabia, demasiados parados con hambre y demasiada desesperación en la sociedad como para que no comencemos cualquier día de estos a comernos unos a otros. No serán muy zombis, puede ser, pero ya están lo bastante jodidos como para dar el pego. 

De modo que no le temas al 21 de diciembre, y velo más como una estupenda oportunidad. Si te sientes mejor, vete con tu familia a hacer deporte-aventura al monte más alto o a la cueva más profunda, aunque ya sabes que el destino es la única mano que llega siempre a todas partes; pero recuerda, cuando regreses ya bien descansado y sabiendo que nosotros, todos, somos el Principio y el Fin del mundo, ponte manos a la obra y haz todo lo necesario para devolverte a las futuras generaciones un mundo mejor y más justo. 
Por ejemplo, regresa con el propósito de haber dado un salto cuántico y haberte elevado, y no votes más a esta panda de golfos, a ninguno; por ejemplo, pelea por lo que es justo, y si fuera necesario, sangra y hasta muere por ello; por ejemplo, no dejes que nadie sufra a tu lado, pon la sociedad patas arriba con guardias o sin ellos por una sociedad justa, cree, sábete poseedor de toda la fuerza del universo.Tal vez un día tengas también tu particular Fin del Mundo, pero ¡qué molón, ¿no?! Podrás tenerlo como un héroe que lucha a cara descubierta y cielo abierto, y no el fin del mundillo asqueroso de quien se esconde en cualquier agujero en cuanto vienen mal dadas, o del que procura librarse a sí mismo y abandona a los demás a su suerte. ¡Mal rollo que te salvaras tú, por ejemplo, y muriera una criatura, ¿no te parece?.
En fin, que sea cual sea el Fin del Mundo que vayas a tener, que te diviertas y sea para bien. El mundo, aunque sucumbiera, no progresará mucho con eso. Sin embargo, te aseguro que nada es gratis, que no hay iluminaciones de saldo, ni saltos evolutivos de rebajas, ni salvaciones por recomendación, ni premios a fariseas bondades de pinpón. Todo tiene un precio y hay que pagarlo antes de recibir nada. Y si te dicen que estamos listos para dar un salto evolutivo de especie a una dimensión superior, diles que se vayan a vacilar a la ONU, como poco. Echa un vistazo. ¿De veras te parece que toda el hambre, muerte y dolor del mundo se corresponde con una especie que merece un salto que no sea al vacío?... ¡Despierta y ponte a trabajar! Ve a donde quieras, disfruta tu Fin del Mundo el próximo fin de semana, sálvate por unas horas, recarga las pilas y convéncete de que aquí, hasta el fin del mundo particular de cada uno, que es el día de nuestra muerte, hay que trabajar duro y correr riesgos para hacer un mundo mejor para todos… excepto para esos bichos que hacen el mundo inhabitable. 

Cuando vuelvas, y pues que al salvarte vas a vivir gratis y de gorra —verás que no va a haber otro fin del mundo que enfrentarte a tus propias creencias—, arriésgate, lucha, osa, juégatela por tus semejantes, pon toda la carne en el asador, ve en los demás a tu mismo tú y dalos una mano: así sí que daremos un salto evolutivo. Muchos pocos, ya lo verás, harán algo enorme. Y eso no sé si será el principio de una Nueva Era Dorada, pero será tu Nueva Era Dorada, que no es poco. 

¡Feliz Fin del Mundo y hasta la próxima vida!